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SOBRE MÍ

Quién soy

No nací espiritual.

Nací ambicioso.

Durante años fui empresario. Empresas, dinero, agenda llena, reuniones, viajes.
Desde fuera parecía éxito. Desde dentro era ruido.
Vivía enojado, apurado, en esa rueda invisible de producir o desaparecer.

Hasta que la vida me frenó.

Mi hermano murió…

Era mi mejor amigo. Lo compartíamos todo. Y de un día para otro quedó el silencio.
Un vacío que no se llena con trabajo, ni con facturación, ni con distracciones.

Después de eso, todo cayó. Las empresas quebraron. Me arruiné. Terminé durmiendo en una colchoneta fina, al ras del suelo, sin ganas de levantarme y sin saber quién era.

 

Y ahí, cuando ya no tenía nada que sostener… algo ocurrió.

En el momento más oscuro apareció una luz. Una presencia que desarmó todo lo que creía ser. Sentí cómo algo viejo moría. No el cuerpo si no el personaje.

La identidad de “Diego empresario”, “Diego exitoso”, “Diego que controla”.

Quedó vacío.

Y en ese vacío entendí algo que después confirmé una y otra vez en mis libros: que no somos el nombre, ni el cuerpo, ni la historia. Somos el observador detrás de todo eso.

Desde entonces dejé de intentar ser alguien.

Me convertí en un canal.

No porque sea especial. Sino porque cuando uno se vacía, algo más grande puede ocupar el espacio.

Es por eso que lo que comparto no nace del intelecto. Nace del silencio. De la experiencia. De haber atravesado la noche oscura del alma y no haber escapado.

Escribí más de treinta libros. Canalizaciones, reflexiones, historias que hablan de acuerdos del alma, del despertar, de la ilusión de separación, de la conciencia como observador.

Pero nada de eso importa si no sirve para algo concreto: ayudarte a recordar quién eres.

Si te soy sincero… no busco seguidores.

Busco espejos.

Personas que estén listas para dejar de identificarse con el personaje, aunque duela. Personas que sientan que hay algo más y no se conformen con la superficie.

Mi trabajo hoy es simple:

– Transmitir lo que baja.

– Hablar claro.

– Contar también mis errores.

– Y recordarte, cada día, que la luz no está afuera. Está en vos.

 

Y cuando recordás eso… todo cambia.